Croisant

La historia del croissant y por qué sigue siendo tan popular

El croissant es, probablemente, el rey de la bollería europea. Aunque hoy lo asociamos a Francia, su origen apunta a Austria, donde se elaboraba un dulce llamado kipferl. No tenía el hojaldrado característico de hoy, pero sí la forma de media luna. Fueron los panaderos franceses quienes, más adelante, refinaron la receta usando mantequilla laminada y técnicas que hoy consideramos básicas en la pastelería.

 

En la actualidad, el croissant vive un renacimiento increíble. Está presente en cafeterías, panaderías artesanales, hoteles y restaurantes de medio mundo. Incluso existen versiones modernas rellenas de pistacho, chocolate, praliné o crema, pero el clásico de mantequilla sigue siendo el favorito de la mayoría.

Los profesionales lo consideran una pieza “medidora de calidad”: un buen croissant es señal de un buen obrador, porque requiere mimo, tiempo y materias primas excelentes. La mantequilla, la forma y el color determinan si estamos ante una pieza verdaderamente buena.

¿Puede hacerse en casa? Sí, aunque requiere paciencia. La magia del croissant está en sus capas de masa y mantequilla, que se alternan gracias a un proceso de plegado. Hoy muchos aficionados se animan a prepararlo para disfrutar del aroma inconfundible del hojaldre recién horneado.

En el día a día, el croissant es un acompañante perfecto para desayunos, meriendas y cafés. Además, su forma y textura lo convierten en una base ideal para rellenos dulces o incluso salados, algo que lo hace aún más versátil.

En definitiva, hablamos de un clásico que ha sabido evolucionar sin perder su esencia: un símbolo del buen hacer y un placer que nunca pasa de moda.

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