Los rosquillos forman parte del recetario afectivo de muchas familias. Aparecen en fiestas patronales, en carnavales o en domingos de visita a los abuelos. Su origen es humilde: masa aromática, un reposo breve y una fritura cuidada que perfuma toda la casa.
Hoy siguen muy presentes en pastelerías y panaderías, sobre todo en épocas señaladas. Hay rosquillos más tiernos, otros crujientes, algunos con toque de anís o de limón. Lo bonito es que cada zona los prepara a su manera, como una pequeña seña de identidad.
En obradores profesionales se valoran por su regularidad y por lo bien que viajan. Son perfectos para mostradores, cestas de desayuno y regalos dulces. Además, admiten un acabado de azúcar, un glaseado fino o incluso un baño de chocolate según la ocasión.
¿Se pueden hacer en casa? Sí, y es una actividad estupenda para compartir. Un consejo útil es freírlos con tranquilidad, sin que el aceite humee; así quedan dorados y esponjosos por dentro. Después, el azúcar o la canela hacen el resto.
¿Dónde brillan más? En desayunos, meriendas y celebraciones informales. Son el compañero perfecto de un café con leche o de un chocolate caliente en los días fríos.
Los rosquillos son pequeños, pero su poder evocador es enorme. Un bocado y vuelven recuerdos de infancia, risas y cocina en familia.




